Stephen R. Donaldson - Covenant 3 - El Poder que Preserva(do.doc

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STEPHEN R. DONALDSON

 

Crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo

 

EL PODER QUE PRESERVA

 

 

 

EDITORIAL ACERVO, S. L.

Julio Verne, 5-7- Tel. 2122664 BARCELONA, 6

Título de la obra original: THE POWER THAT PRESERVES

Traducción de: JORDI FIBLA

Sobrecubierta: SEGRELLES («El Mercenario») / Agencia NORMA

(c) 1977 by Stephen R. Donaldson

Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo y propiedad de la traducción

(c) 1984 Editorial Acervo, S. L.

1." edición: junio 1984

2.a edición: diciembre 1985

3.a edición: febrero 1989

ISBN: 84-7002-370-5

Depósito legal: B. 5063 - 1989

Impreso en España

Libergraf, S.A. - Constitució, 19 - 08014 Barcelona

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.


 

 

Para el doctor en Medicina James R. Donaldson, cuya vida expresó compasión y responsabilidad más elocuentemente que cualquier palabra.

 

 

fiel, Incrédulo

 

 



ÍNDICE

 

Lo que ha sucedido hasta ahora

 

I.               El peligro en sueños

II.               El hijo de Variol

III.               El rescate

IV.               El asedio

V.               Lomillialor

VI.               La defensa de la Pedrada Mithil

VII.               Mensaje a Piedra Deleitosa

VIII.               Invierno

IX.               El refugio de los hombres de Ra

X.               Paria

XI.               El Ritual de la Profanación

XII.               Amanibhavam

XIII.               La Curadora

XIV.               Sólo aquellos que odian

XV.               «La victoria del Amo Mhoram»

XVI.               El Coloso

XVII.               Las Llanuras Estragadas

XVIII.               El Corrupto

XIX.               Ridjeck Thome

XX.               El Incrédulo

XXI.               El final del leproso

 

Glosario

 


LO QUE HA SUCEDIDO HASTA AHORA

 

Thomas Covenant era un escritor de éxito, cuya vida transcurría felizmente, hasta que una infección, a la que no prestó importancia, exigió la amputación de dos dedos de su mano derecha. Entonces supo que había contraído la lepra. Los progresos de la enfermedad fueron detenidos en una leprosería, pero al regresar a su hogar se da cuenta de que se ha convertido en un marginado. Su esposa se ha divorciado de él, y sus vecinos, impulsados por el temor propio de la ignorancia, evitan su trato.

Ansioso de relacionarse normalmente con sus semejantes y amargado por el rechazo de éstos, se dirige a la ciudad. Allí, tras un encuentro con un extraño mendigo, cae al suelo ante el morro de un coche patrulla de la policía. Al recobrar el conocimiento se encuentra en un mundo extraño, donde la voz maligna del Amo Execrable le ordena que lleve un mensaje de condenación a /os Amos del Reino. En lo alto de una montaña, en la Atalaya de Kevin, una muchacha llamada Lena traba conocimiento con él y lo invita a su casa. Allí lo consideran una reencarnación de un héroe legendario, Berek Mediamano. A la vez afirman que su alianza matrimonial de oro blanco es un talismán dotado de un gran poder.

Lena le trata con un barro llamado marga antilesiones, que al momento hace desaparecer la lepra. Esta curación súbita le produce un estado de excitación que le hace perder el control sobre sí mismo, y violar a Lena. A pesar de ello, Aliaran, madre de la muchacha, lo salva de las iras del amante de ésta, Triock, y accede a acompañarlo hasta Piedra Deleitosa, donde se encuentra la residencia de los Amos. Durante el viaje le habla de la antigua guerra entre los Amos de antaño y el Execrable, que terminó con una profanación del Reino prolongada durante milenios.

Covenant no puede aceptar la realidad del Reino donde por medio de la magia, la madera y la piedra proporcionan calor y luz. Se convierte en el Incrédulo porque no se atreve a descuidar la disciplina que requiere un leproso para sobrevivir. El Reino le parece una huida delirante de la realidad.

Con la ayuda de Corazón Salado Vasallodelmar, un Gigante amistoso, Covenant llega a Piedra Deleitosa. Allí los Amos le aceptan y le nombran ur-Amo. Quedan consternados cuando les comunica el mensaje del Amo Execrable: un Ente de la Cueva tiene en sus manos el poderoso Bastón de la Ley. Ya no tienen los poderes de los Antiguos Amos, a los que venció el Execrable. Sólo poseen la primera de las Siete Alas de la ciencia.

Deben proceder a la búsqueda del Bastón, retenido en las cavernas existentes bajo el Monte Trueno. Covenant va con ellos, custodiado por Bannor, uno de los Guardianes de Sangre que muchos siglos antes habían hecho un Voto de protección a los Amos. Se dirigen al sur, atacado por los esbirros del Execrable, hasta llegar a las llanuras de Ra. Allí, los hombres de Ra son los servidores de los Ranyhyn, los grandes caballos libres. Los Ranyhyn se doblegan ante el poder del anillo de Covenant, y éste ordena que uno de los caballos vaya hasta Lena una vez al año para cumplir su voluntad.

Los Amos cabalgan hasta el Monte Trueno. Tras numerosos encuentros con criaturas malignas y una magia tenebrosa, el Amo Superior Prothall arrebata el Bastón al Babeante, el Ente de la Cueva. Huyen cuando Covenant logra usar el poder de su anillo... sin comprender cómo lo ha hecho.

Mientras los Amos huyen, Covenant empieza a desvanecerse. Se despierta en una cama de hospital. Sólo han transcurrido algunas horas desde su accidente. La lepra que le afectaba ha vuelto a él, lo cual apoya su creencia de que el Reino es un engaño. Le dan de alta en el hospital y regresa a su casa.

Pero al cabo de un mes, su soledad encamina sus pasos a un club nocturno, donde una cantante le llama... Berek. Antes de que pueda preguntarle por qué le ha llamado así, el sheriff del lugar, movido por un exceso de celo, le obliga a regresar a su casa. Más tarde recibe una llamada telefónica de su esposa, pero antes de que pueda replicar a lo que le dice, tropieza y se golpea la cabeza, quedando inconsciente.

De nuevo se encuentra en el Reino... pero allí han transcurrido cuarenta años. El Amo Superior es ahora una mujer, Elena, la hija que resultó de la unión de Covenant y Lena. Sin embargo, el Ama no le guarda rencor, y crece una cálida relación entre ellos. Pero los Amos están desesperados. El Execrable ha encontrado la piedra Illearth, fuente de un gran poder maligno, y ahora se dispone a atacar. El ejército de los Amos, a cuyo frente está Hile Troy, que al parecer procede de la misma Tierra «verdadera» que Covenant, parece muy débil para hacer frente al desafío.

El Ama Superior envía a un grupo de Guardianes de Sangre y Amos a Coercri, ciudad de los Gigantes, a fin de obtener aliados para la guerra. Pero una vez allí descubren que el Execrable ha matado a los Gigantes... excepto a tres de ellos, cuyos cuerpos han sido poseídos por los Delirantes, los espíritus malignos de los antiguos lugartenientes del Execrable. Los Guardianes de Sangre y los Amos son atacados por un Gigante-Delirante, pero logran acabar con él, al menos en su forma corporal. Por desgracia los Guardianes de Sangre cogen el fragmento de la piedra Illearth que llevaba el Delirante, con la intención, de entregarla a los Amos.

Algunos de los Amos restantes viajan a Madera Deleitosa, una ciudad situada en un árbol inmenso, donde se enseña la Ciencia. Desde allí, Hile Troy dirige su ejército hacia el sur, acompañado por el Amo Mhoram. En un intento desesperado, se enfrenta al ejército del Amo Execrable, mandado por otro Gigante Delirante. Troy es obligado a huir. Finalmente se retira a la Espesura Acogotante, donde Caerroil Bosqueagreste, un poderoso Forestal, cuida de los últimos árboles añejos y sensibles. Bosqueagreste salva de. la destrucción a las últimas fuerzas del ejército de Troy y destruye al enemigo. Entonces ahorca al Delirante, haciendo que el espíritu maligno sufra y tenga que abandonar el cuerpo del Gigante.

Entretanto, Elena ha llevado a Covenant y sus guardianes de Sangre hacia el misterioso Vertedero Celeste de Melenkurion, una gran montaña cerca de la Espesura Acogotante. Los dirige Amok, un extraño servidor de la Ciencia de Kevin, que puede guiarlos hacia los antiguos misterios. Encuentran un paso en el corazón de la montaña, donde Amok envejece repentinamente antes de desvanecerse. Sin hacer caso de las súplicas de Covenant, Elena bebe del agua que Amok le ha mostrado y, al hacerlo, consigue el Poder de Mando. Convoca con arrogancia al espíritu del Amo Kevin y le ordena que destruya al Execrable, pero éste vence al espectro de Kevin con facilidad y entonces Kevin se vuelve contra Elena y el Bastón de la Ley, causando la muerte del Ama Superior.

Covenant y Bannor huyen por un río que fluye de la montaña. Covenant está lleno de desprecio hacia sí mismo, y de aflicción, culpándose de la muerte de Elena. Encuentran a Troy y el Amo Mhoram cerca de la Espesura Agarrotante.

Caerroil Bosqueagreste envía a Mhoram a su hogar, pero convierte a Hile Troy en un árbol, para que llegue a ser aprendiz de Forestal. Y Covenant vuelve a desaparecer del Reino.

Recobra la conciencia en su casa. Su cuerpo vuelve a padecer la lepra, se ha producido una herida en la frente al caer y su esposa hace tiempo que ha colgado el teléfono. Y ahora debe hacer frente al conocimiento de que su impotencia ha dejado al Reino a merced de la destrucción, sin la mayor parte del ejército y sin el poder del Bastón de la Ley.

Este es un breve resumen de La ruina del Amo Execrable y La guerra de Illearth, las dos primeras Crónicas de Thomas Covenant, el Incrédulo.


I

EL PELIGRO EN SUEÑOS

 

Thomas Covenant hablaba en sueños. En ocasiones era consciente de lo que estaba haciendo, pues los fragmentos inconexos de su voz le llegaban débilmente a través de su sopor, como parpadeos de inocencia. Pero no podía despertarse, pues el peso de su fatiga era excesivo. Balbuceaba como lo habían hecho millones de personas antes que él, sanas o enfermas, verdaderas o falsas, pero en su caso no había nadie para oírlo. No hubiera estado más solo de haber sido el último soñador con vida.

Cuando percibió el timbrazo imperioso del teléfono, despertó gimiendo.

Por un instante, después de incorporarse en la cama, no pudo distinguir entre el sonido del teléfono y su propio terror. Ambos resonaban como una tortura en la niebla que envolvía su cabeza. Entonces el timbre volvió a sonar, y aquel ruido le hizo saltar de la cama, sudoroso, y le obligó a ir a la sala arrastrando los pies, como un vagabundo, para responder a la llamada. Sus dedos insensibles, fríos por la enfermedad, se movieron torpemente para coger el objeto de plástico negro, y cuando al fin logró asirlo, lo apoyó a un lado de la cabeza como si fuera una pistola.

No tenía nada que decir, por lo que esperó, desconcertado, a que hablara la persona que le llamaba.

—¿El señor Covenant? —le preguntó con tono inseguro una voz femenina—. ¿Thomas Covenant?

—Sí —murmuró él, y se interrumpió, vagamente sorprendido por todas las cosas que tenía en común con aquella palabra que había admitido como cierta.

—Ah, señor Covenant —dijo la voz—. Me llamo Megan Román. —Como él no dijo nada, la mujer añadió con una cierta acritud—: Soy su abogado. ¿No me recuerda?

No, no recordaba. No sabía nada de ningún abogado. La niebla que atería su mente hacía que se confundieran todos los vínculos de su memoria. A pesar de la distorsión telefónica, la voz de la mujer le parecía lejanamente familiar, pero no podía identificarla.

—Señor Covenant —siguió diciendo—. Soy su abogado desde hace dos años. ¿Qué le sucede? ¿No se encuentra bien?

La familiaridad de la voz le perturbaba. No quería recordar de quién se trataba.

—No tiene nada que ver conmigo —murmuró él lentamente.

—¿Bromea usted? No le habría llamado si no tuviera nada que ver con usted. No tendría nada de qué hablarle si no se tratara de un asunto suyo.

El tono de la mujer reflejaba ahora irritación e incomodidad.

—No —insistió Covenant empeñado en no querer recordar. Por su propio bien, hizo un esfuerzo para articular—: La ley no tiene nada que ver conmigo. Lo estropeó todo. En cualquier caso, yo... No puede afectarme.

—Será mejor que cambie de parecer, porque sí puede afectarle. Y también será mejor para usted que me escuche. No sé qué le ocurre, pero...

Covenant la interrumpió, dándose cuenta de que estaba a punto de reconocer la voz.

—No —repitió—, la ley no me obliga porque estoy... fuera, separado. No puede tocarme. La ley es... —se interrumpió para buscar entre su niebla mental las palabras adecuadas a lo que quería decir—... no es lo contrario del Desprecio.

Entonces, a pesar suyo, reconoció la voz. A través de la desencarnada inexactitud de la línea telefónica, la identificó.

Era Elena.

Una tremenda sensación de derrota acabó con su resistencia.

—...de qué habla —decía la mujer—. Soy su abogado, Megan Román. Y si cree que la ley no puede afectarle, será mejor que me escuche. Ese es el motivo de mi llamada.

—Sí, la escucho —dijo él, renunciado definitivamente a resistirse.

—Escuche, señor Covenant. —La mujer dio rienda suelta a su irritación—. No puedo decir que me guste ser su abogado. Sólo pensar en usted me da repeluzno. Pero nunca he retrocedido ante un cliente hasta ahora y no tengo intención de empezar a hacerlo con usted. Ahora serénese y escúcheme con atención.

—Sí.

¿Elena?, se preguntó, gimiendo en silencio. ¿Era posible que se tratara de Elena? ¿Qué le había hecho?

—Muy bien. Voy a plantearle la situación. Esa... desgraciada escapada suya del sábado por la noche ha llevado las cosas a su límite. ¿Era necesario que fuera a un club nocturno, señor Covenant? Precisamente a uno de esos locales, de entre todos los lugares a los que podría haber ido.

—No pensaba hacerlo. —No se le ocurrían otras palabras para expresar su arrepentimiento.

—Bueno, ya está hecho. Pero el sheriff Lytton está en pie de guerra. Le ha proporcionado usted algo que puede utilizar en su contra. Ese señor se ha pasado la noche del domingo y esta mañana hablando con muchas personas de la vecindad. A mediodía se reúne el consejo municipal.

«Mire, señor Covenant, probablemente esto no hubiera ocurrido si nadie se acordara de la última vez que fue usted a la ciudad. Entonces se habló mucho, pero la mayoría de la gente no tardó en calmarse. Ahora han vuelto a agitarse y quieren que se emprenda alguna acción contra usted. El consejo municipal pretende satisfacerles. Nuestro escrupuloso gobierno local va a proceder a una nueva zonificación de su propiedad. Probablemente Haven Farm será destinada a terreno industrial y se prohibirá el uso residencial. Una vez lo hayan hecho, pueden obligarle a marcharse. Lo más probable es que obtenga un buen precio por la granja..., pero no encontrará ningún otro lugar de este condado donde pueda vivir.

—Yo tengo la culpa —dijo Covenant—. Tenía el poder y no supe cómo usarlo.

Un odio antiguo y unos violentos deseos de matar parecían incendiar su sangre.

—¿Cómo dice? ¿Me está escuchando? Oiga, señor Covenant, es usted mi cliente, para bien o para mal. No tengo la intención de quedarme tan tranquila y permitir que le hagan una cosa así. Enfermo o no, tiene usted los mismos derechos civiles que cualquier otra persona. Y existen leyes para proteger a los ciudadanos particulares de... la persecución. Podemos presentar batalla. Ahora quiero... —Covenant pudo oír, contra el fondo metálico del teléfono, que la mujer hacía acopio de valor— quiero que venga a mi despacho hoy mismo. Estudiaremos la situación, veremos si vamos a apelar contra esa decisión o si la aceptamos. Comentaremos todas las ramificaciones y planearemos una estrategia. ¿De acuerdo?

Por un instante, Covenant percibió en el tono de la abogado la existencia de un riesgo sopesado.

—Soy un leproso —le dijo—. No pueden tocarme.

—¡Le cogerán por una oreja y le echarán de su casa! Maldita sea, Covenant, no parece comprender lo que se está tramando. Va a perder su hogar. Podemos oponernos..., pero usted es el cliente y yo no puedo hacer nada sin usted.

Sin embargo, la vehemencia de la mujer hizo que la atención de Covenant se retirase. Vagos recuerdos de Elena giraban en su mente.

—Esa no es una buena respuesta —dijo distraídamente, y acto seguido colgó el teléfono.

Permaneció largo tiempo de pie, mirando con fijeza el negro instrumento. Algo en su color de alquitrán y su forma le recordó a Covenant que sufría.

Algo importante le había sucedido.

Como si fuera por primera vez, oyó a la abogado decir: «El domingo por la noche y esta mañana». Se puso rígido y miró al reloj de pared. Al principio no pudo concentrar su mirada en la esfera, que parecía haberse vuelto opaca, pero al fin logró discernir la hora. El sol de la tarde al otro lado de las ventanas se la confirmó.

Había dormido durante más de treinta horas.

Pensó en Elena. La mujer que le había llamado no podía haber sido Elena, porque Elena estaba muerta... Su hija había muerto, y por su culpa.

Empezó a sentir latidos en la frente. El dolor raspaba su mente como una luz brillante y brutal. Agachó la cabeza, tratando de evadirla.

Elena ni siquiera había existido. Jamás existió. Él había soñado toda aquella fantasía.

¡Elena!, gimió. Se volvió y regresó con paso vacilante a su dormitorio. Mientras andaba la niebla de su cerebro adoptaba un tono carmesí.

Cuando entró en la habitación, sus ojos se dilataron de sorpresa al ver la almohada. Se detuvo. La funda estaba llena de manchones negros. Parecían algo putrefacto, una especie de hongos que royeran la limpia blancura de la tela.

Instintivamente se llevó una mano a la frente, pero sus dedos insensibles no le dijeron nada. La enfermedad que parecía ocupar toda la cavidad de su cráneo empezó a reírse. Sus entrañas vacías se retorcieron con una náusea. Sosteniéndose la frente con ambas manos, fue tambaleándose al baño.

Vio la herida de la frente en el espejo situado encima del lavabo.

Por un instante, no vio nada más que la herida. Parecía una lesión leprosa, una invisible mano leprosa que aferrara la piel de su frente. Unas negras costras de sangre colgaban de los abruptos bordes de la herida, moteando la carne pálida como una profunda gangrena, y a través de las grietas en las grandes postillas rezumaba sangre y líquido. Covenant sintió como si la infección se abriera paso en línea recta hacia el cerebro, horadando su cráneo. Aquella visión le hirió como si hediera ya a enfermedad y muerte horrenda.

Presa de temblores, abrió los grifos para llenar el lavabo. Mientras el agua espumeaba, se apresuró a enjabonarse las manos. Pero se detuvo al reparar en el anillo de oro que llevaba en el dedo anular. Recordó la ardiente energía que había pulsado a través de aquel metal en su sueño. Podía oír a Bannor, el Guardián de Sangre que le había salvado la vida, gritándole:

...

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